La aversión al romance de Ernesto

Como inversor conservador, tenía claro que haría lo mismo con las mujeres. No se la podía jugar. Había visto suficiente: hombres de su condición sucumbir a encantos volátiles… Ruth, Mar, Beth, etcétera.

Nombres que sonaban a susurro, pero con la fuerza de un tsunami.

Su aversión al romance, proporcional al riesgo al que era capaz de someterse, lo alejaba de toda ilusión.

Un intento de acercamiento sutil: coraza activada…
Posibilidad de segundas citas: coraza activada…
Un cumplido espontáneo: entraba por un oído, salía por el otro…

Eliminaba rápidamente cualquier atisbo de correspondencia.

No está claro si no quería jugar a Romeo o si un tsunami era mucha gestión para él…

En pocas palabras, sulfuraba las sensaciones de su cuerpo, convirtiéndose en una especie de autómata, que solo admitía el placer del puente mente-sexo. Un vaivén físico de control con el que evitaba sentir algún tipo de entrega. Todo su cuerpo: un trauma.

Su amigo, Román, poliamoroso (léase: inversor agresivo), intentaba advertirle:

—El romance no existe. Confundes sentir conexiones como la ternura con compromisos tácitos. Todo por no hablar las cosas… Tienes un problema de comunicación.

Tres días le duró el cabreo a Ernesto.

Enfado que le daba la razón a Román, quien, tras darle la chapa¹ cada vez que podía, consiguió que se apuntara con él a un taller de tantra para solteros.


¹Expresión coloquial española que significa insistir de forma pesada o repetitiva sobre un tema.

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